La casa imperfecta
Ene20

La casa imperfecta

Un maestro de construcción ya entrado en años estaba listo para retirarse a disfrutar su pensión de jubilación. Le contó a su jefe acerca de sus planes de dejar el trabajo para llevar una vida más placentera con su esposa y su familia. Iba a extrañar su salario mensual, pero necesitaba retirarse; ya se las arreglarían de alguna manera. Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay El jefe se dio cuenta de que era inevitable que su buen empleado dejara la compañía y le pidió, como favor personal, que hiciera el último esfuerzo: construir una casa más. El hombre accedió y comenzó su trabajo, pero se veía a las claras que no estaba poniendo el corazón en lo que hacia. Utilizaba materiales de inferior calidad, y su trabajo, lo mismo que el de sus ayudantes, era deficiente. Era una infortunada manera de poner punto final a su carrera. Cuando el albañil terminó el trabajo, el jefe fue a inspeccionar la casa y le extendió las llaves de la puerta principal. “Esta es tu casa, querido amigo —dijo-. Es un regalo para ti”. Si el albañil hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, seguramente la hubiera hecho totalmente diferente. ¡Ahora tendría que vivir en la casa imperfecta que había construido! REFLEXIÓN: Sería genial conseguir actuar siempre como si estuviésemos “construyendo nuestra casa”. Fuente: Paola....

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Los tres gigantes
Nov30

Los tres gigantes

«Lucho contra tres gigantes, querido Sancho; Imagen de charlie min kim en Pixabay   Estos son:  EL MIEDO, que tiene fuerte raigambre y que se apodera de los seres y los sujeta para que no vayan más allá del muro de lo socialmente permitido o admitido. LA INJUSTICIA, que subyace en el mundo disfrazada de justicia general, pero que es una justicia instaurada por unos pocos para defender mezquinos y egoístas intereses. Y LA IGNORANCIA, que anda también vestida o disfrazada de conocimiento y que embauca a los seres para que crean saber cuando no saben en realidad y que crean estar en lo cierto cuando no lo están.  Esta ignorancia, disfrazada de conocimiento, hace mucho daño, e impide a los seres ir más allá en la línea de conocer realmente y conocerse». Miguel de Cervantes. Don Quijote de la...

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El pintor del barco
Nov15

El pintor del barco

Se le pidió a un hombre que pintara un bote.  Trajo su pintura y brochas y comenzó a pintar el barco de un rojo brillante, como le pidió el dueño. Imagen de Andrey Cojocaru en Pixabay  Mientras pintaba, notó un pequeño agujero en el casco, y lo reparó tranquilamente.  Cuando terminó de pintar, recibió su dinero y se fue. Al día siguiente, el dueño del barco acudió al pintor y le presentó un cheque, mucho más alto que el pago por la pintura.  El pintor se sorprendió y dijo: -«Ya me ha pagado por pintar el barco, señor!»  -Pero esto no es por el trabajo de pintura.  Es por reparar el agujero en el barco. – Ah!… Pero fue un servicio tan pequeño…  ciertamente no vale la pena pagarme una cantidad tan alta por algo tan insignificante. – Mi querido amigo, no lo entiendes. – Déjame decirte lo que pasó: «Cuando te pedí que pintaras el barco, olvidé mencionar el agujero.» Cuando el barco se secó, mis hijos tomaron el barco y se fueron a pescar. «No sabían que había un agujero». Yo no estaba en casa en ese momento. Cuando regresé y noté que habían tomado el barco, estaba desesperado porque recordé que el barco tenía un agujero. Imagina mi alivio y alegría cuando los vi regresar de la pesca.  Entonces, examiné el bote y descubrí que habías reparado el agujero! – » Ves, ahora, lo que hiciste? Salvaste la vida de mis hijos!  No tengo suficiente dinero para pagar tu «pequeña» buena acción». Así que no importa quién, cuándo o cómo, tu continúa ayudando, sosteniendo, limpiando lágrimas, escuchando atentamente, y reparando cuidadosamente todas las «fugas» que encuentres. Nunca se sabe cuando necesitan de nosotros, o cuando la vida tiene una oportunidad para que seamos útiles e importantes para alguien. A lo largo del camino, es posible que hayas reparado numerosos “agujeros de barco” sin darte cuenta de cuántas vidas has...

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El coleccionista de insultos
May08

El coleccionista de insultos

Cerca de Tokio vivía un gran samurái que se dedicaba a enseñar el budismo a los jóvenes. Aunque tenía una edad avanzada, corría la leyenda de que era capaz de vencer a cualquier adversario.  Imagen de WikiImages en Pixabay Un día, un guerrero conocido por su falta de escrúpulos pasó por la casa del anciano samurái. Era famoso por provocar a sus adversarios y, cuando estos perdían la paciencia y cometían un error, contraatacaba. El joven guerrero jamás había perdido una batalla.  Conocía la reputación del viejo samurai, por lo que quería derrotarlo y aumentar aún más su fama. Los discípulos del maestro se opusieron pero el anciano aceptó el desafío.  Todos se encaminaron a la plaza de la ciudad, donde el joven guerrero empezó a provocar al viejo samurái:  Le insultó y escupió en la cara. Durante varias horas hizo todo lo posible para que el samurái perdiera la compostura, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, ya exhausto y humillado, el joven guerrero se retiró.  Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones sin responder, sus discípulos le preguntaron:  – ¿Cómo ha podido soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usó su espada, aunque pudiera perder en vez de mostrarse como un cobarde ante todos nosotros?  El anciano les contestó:  – Si alguien se acerca a ti con un regalo y no lo aceptas, ¿a quién le pertenece el regalo?  – A quien intentó entregarlo, por supuesto – respondió uno de los discípulos.  – Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos – explicó el maestro – Cuando no los aceptas, siguen perteneciendo a quien los llevaba consigo.  Moraleja: Este cuento psicológico nos enseña que debemos medir nuestras reacciones ya que cuando nos enfadamos o frustramos con los demás, en realidad lo que estamos haciendo es cediéndoles el control. Muchas personas se comportan como camiones de basura, dispuestas a dejar sus frustraciones e ira donde se lo permitan.  Fuente:...

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El sabor de la fresa (cuento Zen)
Mar17

El sabor de la fresa (cuento Zen)

Imagen de congerdesign en Pixabay  Un hombre que cruzaba un campo se encontró con un tigre. Huyó y el tigre corrió tras él. Al llegar a un precipicio cayó en él pero pudo agarrarse con las dos manos a una raíz y quedó colgando del borde. El tigre le olisqueaba desde arriba gruñendo. El hombre, tembloroso, bajó la vista y vio que muy abajo, al fondo del precipicio, otro tigre aguardaba para devorarle. Sólo la raíz lo sostenía. En ese momento dos ratones, uno blanco y otro negro, se pusieron a roer poco a poco la raíz. Al mismo tiempo el hombre vio una suculenta fresa silvestre cerca de él. Aferrándose a la raíz con una sola mano, arrancó la fresa con la otra y se la metió en la boca. ¡Qué sabor tan dulce...

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El Samurái y la deuda
Ene10

El Samurái y la deuda

Durante la ocupación de Okinawa, un Samurái que le había prestado dinero a un pescador, hizo un viaje para cobrarlo a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurái, que era famoso por su mal genio. El Samurái fue a su hogar y al no encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. A medida que se daba cuenta de que se estaba escondiendo se iba enfureciendo. Finalmente, al atardecer, lo encontró bajo un barranco que lo protegía de la vista. El Samurái en su enojo, desenvainó su espada y le gritó: ¿Qué tienes para decirme? El pescador replicó, «antes de que me mate, me gustaría decir algo. Humildemente le pido esa posibilidad». El Samurái dijo, «¡ingrato! Te presto dinero cuando lo necesitas y te doy un año para pagarme y me retribuyes de esta manera.  Habla antes de que cambie de parecer». «Lo siento», dijo el pescador. » Lo que quería decir era esto: Acabo de comenzar el aprendizaje del arte de «la mano vacía» y la primera cosa que he aprendido es el precepto:  “Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano». El Samurái quedó anonadado al escuchar esto de los labios de un simple pescador.  Envainó su espada y dijo:  «Bueno, tienes razón. Pero acuérdate de esto, volveré en un año a partir de hoy, y será mejor que tengas el dinero.»  Y se fue. Había anochecido cuando el Samurái llegó a su casa y, como era costumbre, estaba a punto de anunciar su regreso, cuando se vio sorprendido por un haz de luz que provenía de su habitación, a través de la puerta entreabierta. Agudizó su vista y pudo ver a su esposa tendida durmiendo y el contorno impreciso de alguien que dormía a su lado. Muy sorprendido y explotando de ira se dio cuenta de que era un Samurái. Sacó su espada y sigilosamente se acercó a la puerta de la habitación.  Levantó su espada preparándose para atacar a través de la puerta, cuando se acordó de las palabras del pescador: «Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza restringe tu mano». Volvió a la entrada y dijo en voz alta. «He vuelto». Su esposa se levantó, abriendo la puerta salió junto con la madre del Samurái para saludarlo.  La madre vestida con ropas de él. Se había puesto ropas de Samurái para ahuyentar intrusos durante su ausencia. El año pasó rápidamente y el día del cobro llegó. El Samurái hizo nuevamente el largo viaje. El pescador lo estaba...

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