El arquero y el monje zen
May20

El arquero y el monje zen

Después de ganar varios concursos de tiro con arco, el joven y vanidoso campeón desafió a un maestro zen que era famoso por su habilidad como arquero. El joven había demostrado un gran dominio técnico al dar en el blanco en su primer intento y luego dividir esa misma flecha a la mitad con su segundo disparo. Imagen de Paul Barlow en Pixabay “Dime si puedes igualar eso”, retó al anciano. Sin embargo, el maestro no sacó su arco, sino que le hizo un gesto al joven arquero para que lo siguiera a través de la montaña. Curioso por las intenciones del viejo monje zen, el campeón siguió sus pasos hasta la cima de una montaña. Entonces llegaron a un profundo abismo atravesado por un tronco bastante enclenque e inseguro. El viejo maestro caminó sobre el peligroso tronco, se detuvo a la mitad y eligió un árbol lejano como su objetivo. Entonces sacó su arco y realizó un disparó certero. “Ahora es tu turno”, le dijo al joven arquero dijo mientras caminaba con gracia hacia el terreno seguro. El joven miró con terror al abismo que se abría ante sus pies y fue incapaz siquiera de dar un paso en el tronco, de manera que no pudo disparar al objetivo. “Tienes mucha habilidad con tu arco”, le dijo el viejo maestro, “pero tienes poca habilidad con la mente que permite soltar el disparo”. » Solo el equilibrio mental nos garantiza que podremos hacer uso en tiempos revueltos de las habilidades y competencias que hemos aprendido. Sin esa paz interior, sin el autocontrol y la autoconfianza necesarias, nuestros conocimientos se diluirán y nos servirán de poco». Jennifer Delgado...

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La fábula de las cuatro estaciones
Mar26

La fábula de las cuatro estaciones

Imagen de Lynda Smith en Pixabay Cuentan que una vez, un hombre muy anciano, cansado de escuchar las quejas de sus cuatro hijos, y de ver cómo juzgaban a otros hombres constantemente, decidió darles una lección. Mandó a cada uno de ellos a visitar un peral que estaba lejos, muy lejos. Pero mandó a cada uno de sus hijos en distintas estaciones del año. Así, el hijo mayor fue en invierno, el segundo, en primavera. El tercer hijo fue a observar el peral en verano, y el último, en otoño. Cuando terminaron de visitar todos al peral, el hombre reunió a sus hijos y les preguntó: – Y bien, explicarme cómo es el árbol que habéis visto. Comenzó a hablar el hijo mayor: – Un árbol horrible, desnudo, con ramas retorcidas. Sin duda, un esperpento de árbol. – ¡Qué va!- dijo entonces el segundo hijo- ¡El árbol estaba repleto de brotes dispuestos a nacer! Todo un árbol lleno de promesas… – No sé qué habéis visto vosotros, hermanos, pero no es lo que yo vi- dijo el tercer hermano- Mi peral estaba repleto de flores. Es un árbol lleno de vida y vitalidad. De dulzura, plenitud y mucha belleza. – Pues yo no lo vi como tú dices, hermano- dijo el más pequeño- Mi árbol tenía frutos, estaba lleno de peras jugosas y listas para comer. Pero el peso de la fruta encorvaba las ramas y las hojas estaban a punto de marchitarse. Se le veía cansado y sus hojas estaban a punto de caer. – Todos tenéis razón- dijo entonces el padre- Cada uno de vosotros habéis visto el árbol en una estación diferente y éste ha cambiado. Por eso, no podéis juzgar al árbol por cómo es en una sola estación, sino en todas ellas. Igual ocurre con las personas. Tampoco podéis juzgarlas por cómo son en un momento dado. Y como ese árbol, solo podréis recoger los frutos de la vida al final del trayecto, cuando ya hayáis pasado por todas las estaciones de la vida… Moraleja: «No juzges a nadie por cómo es en un momento dado ni intentes recoger los frutos de la vida antes de tiempo»(‘Fábula de las cuatro estaciones’ – Anónima) Fuente:...

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La anciana que buscaba una aguja
Feb14

La anciana que buscaba una aguja

Imagen de OpenClipart-Vectors en Pixabay Hace tiempo, una anciana llamada Rabiya, muy querida en un pequeño pueblo, comenzó a buscar algo en la calle. A todos les gustaba la compañía de Rabiya, y solían contarle sus problemas porque siempre les daba buenos consejos. Las persona que la vieron, se acercaron y preguntaron: – ¿Qué buscas, Rabiya? ¡Te ayudaremos! – Oh, sois muy amables. Se me cayó una aguja. – ¿Un aguja? Será difícil, pero te ayudaremos- contentaron sus vecinos. Entonces todos empezaron a buscar la aguja, pero no encontraban nada. Entonces, preguntaron: – Rabiya, ¿no recuerdas por qué zona de la calle se cayó la aguja? La calle es muy larga y eso ayudaría a acercarnos más a nuestro objetivo. Además, está a punto de anochecer y ya no tendremos luz para buscar. – Oh, el caso es que no se me cayó en la calle, sino en mi casa. – ¿Cómo? Entonces… ¿por qué buscamos aquí algo que no podremos encontrar? – Es cierto, eso me pregunto yo… No sé por qué siendo tan inteligentes, malgastáis esa inteligencia cuando se trata de buscar la felicidad. No sé por qué andáis buscando siempre la felicidad en la calle y lejos de vosotros en lugar de buscarla donde la perdisteis… en vuestro interior. Y sonriendo, Rabiya se dio media vuelta y entró en su casa, dejando una profunda reflexión en todos sus vecinos. Fabula...

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El problema
Dic02

El problema

Un gran maestro zen se encargaba de enseñar a los jóvenes discípulos que habían llegado al monasterio. Cierto día el guardián del monasterio murió y había que sustituirlo.  Imagen de Karin Henseler en Pixabay El maestro reunió a todos sus discípulos, para escoger a la persona que tendría ese honor.  – Os presentaré un problema – dijo- Aquel que lo resuelva primero, será el nuevo guardián del monasterio.  Trajo al centro de la sala un banco y colocó encima un enorme y hermoso florero de porcelana en el que se hallaba una preciosa rosa roja.  – Este es el problema.  Los discípulos contemplaron perplejos lo que veían: los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y elegancia de la flor… ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál era el enigma? Todos estaban paralizados.  Después de algunos minutos, un alumno se levanto, miró al maestro y a los demás discípulos, caminó hacia el vaso con determinación, lo retiró del banco y lo puso en el suelo.  – Usted es el nuevo guardián – le dijo el gran maestro, y explicó- Fui muy claro, os dije que estábais delante de un problema. No importa cuán fascinantes o raros sean, los problemas deben ser resueltos.  Moraleja: Este cuento psicológico nos advierte de los peligros de quedarnos atascados en la contemplación del problema, algo que ocurre a menudo en la vida cotidiana, cuando nos quedamos rumiando sobre la situación a resolver, aplazando la solución, muchas veces por miedo. En su lugar, solo debemos aprender a afrontarlos. Debemos recordar que muchas veces el peso de los problemas irresueltos es peor que las consecuencias del mismo. Fuente: rincón de la...

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La Humildad
Oct16

La Humildad

SMU Libraries Digital Colle en Flickr Caminaba con mi padre, cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:“Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?”Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: “Estoy escuchando el ruido de una carreta…” “Eso es” -dijo mi padre- “es una carreta vacía”.Pregunté a mi padre: “¿Cómo sabes que es una carreta vacía si aún no la vemos?”Entonces mi padre respondió:“Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuánto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”. Me convertí en adulto y hasta hoy, cuando noto a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo:“Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”. La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas.Y recuerden que existen personas tan pobres que lo único que tienen es dinero.Nadie está más vacío, que aquel que está lleno del ‘Yo mismo’.Seamos lluvia serena y mansa que llega profundamente a las raíces, en silencio,...

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Reflejo de la Vida
Sep21

Reflejo de la Vida

Imagen:👀 Mabel Amber, who will one day en Pixabay Había una vez un sabio anciano que pasaba los días sentado junto a un pozo a la entrada de un pueblo. Un día pasó un joven, se acercó y le preguntó lo siguiente: Nunca he venido por estos lugares, ¿cómo son la gente de esta ciudad? El anciano le respondió con otra pregunta: ¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de donde vienes? Egoístas y malvados, por eso estoy contento de haber salido de allá. Así son los habitantes de esta ciudad, le respondió el anciano. Un poco después, pasó otro joven, se acercó al anciano y le hizo la misma pregunta: Voy llegando a este lugar, ¿cómo son los habitantes de esta ciudad? El anciano le respondió de nuevo con la misma pregunta: ¿Cómo son los habitantes de la ciudad de donde vienes? Eran buenos y generosos, hospitalarios, honestos y trabajadores. Tenía tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos. También los habitantes de esta ciudad son así, respondió el anciano. Un hombre que había llevado sus animales a beber agua al pozo y que había escuchado la conversación, en cuanto el joven se alejó le dijo al anciano: ¿Cómo puedes dar dos respuestas completamente diferentes a la misma pregunta realizadas por dos personas? Mira, respondió el anciano, cada persona lleva el universo en su corazón. Quien no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrará aquí. En cambio, aquel que tenía amigos en su ciudad, también encontrará amigos fieles y leales en cualquier parte. Porque las personas son lo que encuentran en sí misma, y encuentran siempre lo que esperan...

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