El devorador de ensaladas
Mar14

El devorador de ensaladas

Dos monjes paseaban por el jardín de su monasterio, conversando sobre asuntos intrascendentes, cuando uno de ellos paró su pie un segundo antes de aplastar a un hermoso caracol que se cruzaba por el húmedo sendero. Con delicada precisión tomó al desorientado animalito entre su pulgar y su índice y lo miró tiernamente. El monje se sentía feliz de no haber interrumpido el ciclo de vida y muerte de ese pequeño destino. Delicadamente lo colocó encima de una fresca lechuga. El devorador de ensaladas Sonriente miró a su compañero buscando su complacencia, pero se encontró un rostro frío que encorvaba una ceja: -¡Incosciente! Ahora, salvando a ese insignificante caracol, pones en peligro el huerto de lechugas que nuestro jardinero cultiva con tanto esmero. Ambos discutieron acaloradamente bajo la mirada curiosa de otro monje que se acercó a arbitrar la disputa. Como no conseguían ponerse de acuerdo, este último propuso contarle el caso al gran sacerdote. Él sería lo bastante sabio para decidir cual de los dos tenía razón. Se dirigieron pues, los tres al anciano, y el primer monje expuso el caso. -Has hecho bien. Era lo que convenia hacer -contestó el sacerdote. El segundo monje dio un brinco: -¿Cómo? ¿Salvar a un devorador de ensaladas?¿Eso es lo que convenía hacer? Debíamos haber proseguido nuestro camino sin importarnos si aplastábamos aquel minúsculo caracol. Eso hubiese protegido el trabajo del jardinero gracias al cual tenemos todos los días buenos alimentos para comer. El gran sacerdote escuchó, movió pensativo la cabeza y dijo: -Es verdad. Es lo que convendría haber hecho.Tienes razón. El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó: -¡Pero si sus puntos de vista son diametralmente opuestos! ¿Cómo pueden tener razón los dos? El gran sacerdote miró largamente al tercer interlocutor. Reflexionó, movió la cabeza y con una cálida sonrisa en su rostro sentenció: -Es verdad. También tú tienes razón.   Foto: Yutaka...

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El oro y las ratas

Había una vez un rico mercader que, a punto de hacer un largo viaje, tomó sus precauciones. Antes de partir quiso asegurarse de que su fortuna en lingotes de oro estaría a buen recaudo y se la confió a quien creía un buen amigo. Pasó el tiempo, el viajero volvió y lo primero que hizo fue ir a recuperar su fortuna. Pero le esperaba una gran sorpresa. -¡Malas noticias! -anunció el amigo-. Guardé tus lingotes en un cofre bajo siete llaves sin saber que en mi casa había ratas. ¿Te imaginas lo que pasó? El oro y las ratas   -No lo imagino -repuso el mercader. -Las ratas agujerearon el cofre y se comieron el oro. ¡Esos animales son capaces de devorarlo todo! -¡Qué desgracia! -se lamentó el mercader-. Estoy completamente arruinado, pero no te sientas culpable, ¡todo ha sido por causa de esa plaga! Sin demostrar sospecha alguna, antes de marcharse invitó al amigo a comer en su casa al día siguiente. Pero, después de despedirse, visitó el establo y, sin que lo vieran, se llevó el mejor caballo que encontró. Cuando llegó a su casa ocultó al animal en los fondos. Al día siguiente, el convidado llegó con cara de disgusto. -Perdona mi mal humor -dijo-, pero acabo de sufrir una gran pérdida: desapareció el mejor de mis caballos. -Lo busqué por el campo y el bosque pero se lo ha tragado la tierra. -¿Es posible? -dijo el mercader simulando inocencia-. ¿No se lo habrá llevado la lechuza? -¿Qué dices? -Casualmente anoche, a la luz de la luna, vi volar una lechuza llevando entre sus patas un hermoso caballo. -¡Qué tontería! -se enojó el otro. ¡Dónde se ha visto, un ave que no pesa nada, alzarse con una bestia de cientos de kilos! -Todo es posible -señaló el mercader-. En un pueblo donde las ratas comen oro, ¿por qué te asombra que las lechuzas roben caballos? El mal amigo, rojo de vergüenza, confesó que había mentido. El oro volvió a su dueño y el caballo a su establo. Hubo disculpas y perdón. Y hubo un tramposo que supo lo que es caer en su propia trampa. Fuente texto y foto: El Arte de la Estrategia...

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La rosa y la inutilidad de las palabras
Feb10

La rosa y la inutilidad de las palabras

Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao Tse: Los que saben no hablan;  los que hablan no saben.                             La rosa y la inutilidad de las palabras Cuando el Maestro entró donde aquellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras. El Maestro les dijo: ¿Quién de vosotros conoce la fragancia de la rosa? Todos la conocían. Entonces les dijo: Expresadlo con palabras. Y todos guardaron silencio. Fuente: El Arte de la Estrategia Imagen Josch13 en...

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El ciego y el sol

Un hombre, ciego de nacimiento, quiso saber qué aspecto tenía el sol, y pidió que se lo describieran.   El ciego y el sol   – El sol es como este disco de bronce – le explicó alguien golpeando un gong. Pasado un tiempo, el ciego oyó sonar una campana y creyó que ese sonido provenía del sol. Otro le dijo: – El sol brilla como un cirio. El ciego cogió el cirio entre sus manos y estudió su forma. Un día, cogió una flauta y creyó que tomaba el sol. Muchas son las diferencias entre una campana, una flauta y el sol, pero el ciego no podía saberlas, pues había adquirido sus conocimientos por las palabras de otros.   Recopilación de Ensayos de Su...

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El viejo, el lago y unas mujeres desnudas

Un viejo tenía un lago en su finca. Después de mucho tiempo, decide ir a ver si estaba todo en orden. Tomó un cesto para aprovechar el paseo y traer unas frutas por el camino… Al aproximarse al lago, escuchó voces animadas. El viejo, el lago y unas mujeres desnudas   Vio un grupo de mujeres bañándose, completamente desnudas. Al verlo, todas se fueron a la parte más honda del lago, manteniendo solamente la cabeza fuera del agua. Una de las mujeres gritó: ¡No saldremos mientras usted no se aleje! El viejo respondió: ¡Yo no vengo hasta aquí para verlas nadar o salir desnudas del lago! Levantando el cesto, les dijo: Estoy aquí para alimentar al cocodrilo…. MORALEJA: Edad, experiencia y oficio, siempre triunfarán sobre la juventud y el entusiasmo. Fuente: El Arte de la...

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La historia del Rey que recobró la razón
Dic29

La historia del Rey que recobró la razón

Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría. Había también en el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad. Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía: -Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco. A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja. Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear: -El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos destronarlo. Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera. Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón.   Gibrán Jalil Gibrán Imagen 27707 en...

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