Autenticidad de los maestros de Artes Marciales. ¿Cómo certificarla de manera «Auténtica»?

INTRODUCCIÓN.

Un tema muy debatido en la actualidad internacional en el contexto de las artes marciales, lo constituye la “autenticidad” de sus maestros. Ese tema realmente embarga una preocupación muy lógica, ya que la aparición de maestros “no auténticos”, con su consecuentemente inadecuado proceso, afecta no solo a sus alumnos, sino a su arte marcial en sí mismo.

Pero si ese tema es grave, más grave aún es lo que se asume por autenticidad (y cómo se exige demostrarla). Para ello en el presente artículo se analizará la definición y certificación profesional vinculada a las artes marciales utilizando, como siempre,  palabras que quizás puedan ser duras; pero que vienen cargadas de buena intención y se basan en un adecuado sustento.

DESARROLLO.

De acuerdo a la bibliografía consultada, la autenticidad, en su más “auténtica” acepción, califica a aquello que está documentado o certificado como verdadero o seguro. O sea, que está autorizado o legalizado y tiene valor oficial.

Una institución de artes marciales “no auténtica” (no oficial, no verdadera o no segura), se reconoce comúnmente como un Mc Dojo, (y consecuentemente por trasmisión directa dirigida por un Mc maestro). Sobre esa base, para demostrar su autenticidad (y no ser catalogado como Mc), se ha podido constatar que, de manera general, se exige información sobre:

  • La afiliación del maestro (para demostrar que se es “oficial”)
  • El maestro del maestro (para demostrar su linaje y el origen de sus conocimientos)
  • El grado del maestro (parta demostrar el dominio del arte que enseña)

La duda surge cuando nos preguntamos ¿realmente esos aspectos permiten certificar a ciencia cierta si una institución marcial (y su maestro) son auténticos o Mc?… ¡Veamos!

Con relación al primer punto, referido a la afiliación, se presenta una situación. Cuando se habla de Federaciones Deportivas Nacionales, u otras similares  pertenecientes al correspondiente Sistema Deportivo Nacional), ciertamente lo ideal es que el maestro (y su institución) se encuentren afiliados, con los respectivos deberes y derechos. No obstante, en ese sentido, es igualmente necesario reconocer que (desafortunadamente), en diversos lugares existen condicionantes de diversa índole y ajenas al contexto deportivo (de las cuales no es objeto ni intención tratar en el presente artículo); y que muchas veces resultan determinantes en que la institución marcial (incluso con intención de hacerlo) logre su afiliación. No obstante, y sin pretender en lo absoluto desvirtuar la gran importancia de esa afiliación, valdría la pena preguntarse: ¿por el hecho de estar afiliado y reconocido dentro de un sistema oficial, el maestro es “auténtico”? Dejemos la respuesta temporalmente abierta y continuemos el análisis.

Correspondiendo al segundo punto, referido al maestro del maestro, constituye casi una ley no escrita que el maestro de una institución marcial tenga bien claro (y pueda demostrar) de qué maestro aprendió (y consecuentemente de dónde salen los aspectos que enseña y quién lo avala). Esa concepción asume las artes marciales como algo inamovible, donde al alumno debe (tiene) que mantener tal cual las enseñanzas de su maestro. Ese aspecto se corresponde con la fase inicial del aprendizaje marcial proveniente de la filosofía japonesa reconocida como SHU (OBEDECER O PROTEGER) definida como: “el aprendizaje más clásico, imitando al profesor y guiándose plenamente por él, siguiendo exactamente sus instrucciones, con el alumno protegido por sus enseñanzas. En esta fase se practica y perfecciona la técnica fundamental, se asimilan los principios del sistema o estilo, y se prepara el cuerpo y la mente para la práctica. El maestro y los compañeros más veteranos son la referencia, un modelo a imitar”. Esa fase, además de  contraponerse a todos los principios y leyes lógicas, filosóficas, dialécticas, sociales y pedagógicas de la actualidad internacional; en la misma filosofía japonés se deriva en otras superiores como HA (ROMPER), definida como: “Esta etapa comienza cuando surge cierta rebeldía, una ruptura con la repetición sistemática y el dogma de fe en el sistema. El artista marcial empieza a cuestionar las enseñanzas que recibe de su maestro, a interpretarlas, a compararlas con lo que ve fuera de su propio Dojo”. Finalmente, y como punto crucial del análisis de este punto, la propia filosofía marcial japonesa termina reconociendo la fase RI (SEPARARSE), que se define como: “una desviación del camino impuesto, para recorrer otro elegido por nosotros mismos, que puede ser paralelo y conducirnos a los mismos lugares… o no. El artista marcial no interpreta o cuestiona, sino que hace de su arte algo propio, basado en lo que le han enseñado, pero personal. Los modelos que marcaban sus movimientos son sustituidos por las propias sensaciones, por lo que su cuerpo le pide hacer, y la práctica no está ya está definida por los cánones del estilo, sino por su propia forma de entender el arte marcial”. Luego entonces, el hecho que un maestro, debido a sus estudios y experiencias, comience a enseñar de manera novedosa (sin caer en el Sagi ryu muy bien definido en un momento por un colega), ¿lo certifica como “no auténtico”?

En lo referido al tercer punto, correspondiente al grado del maestro, merece la pena recordar que el examen de grado, aun cuando incluye (de manera subjetiva, ocasional y referencial otros aspectos) es un acto de evaluación mayoritariamente técnico, que lo que certifica es lo que la persona sabe hacer algo, mas no que lo sabe enseñar (que es lo que se espera de él como maestro. En ese sentido (desde el punto de vista de los contenidos) ¿no es suficiente con llegar a cinturón negro (o similar)?. En ese sentido valdría la pena preguntarse sin un 8vo o 9no dan (o similar), es más “auténtico” que un 2do o 3er dan (o similar).

Hasta el momento, analizando los aspectos que más comúnmente se exigen para certificar la autenticidad de un maestro de artes marciales, se ha observado que, de un modo u otro, si bien es cierto que se basan en aspecto importantes; no constituyen determinantes, debido a no estar relacionados directamente con la calidad de su desempeño. O sea, esa autenticidad no se está certificando de manera “auténtica”

Por el contrario, si la función del maestro (o aspirante a maestro), es la de enseñar, necesariamente, la manera más “auténtica” de certificar su “autenticidad” es demostrando que sabe enseñar.

En ese sentido debe demostrar que saber planificar, aplicar y evaluar los procesos de educación, enseñanza y entrenamiento de sus alumnos; incluyendo las acciones de selección, ordenamiento, dosificación, estructuración de los contenidos a enseñar; adecuado dominio de recursos didáctico-metodológicos como la explicación, comunicación, demostración, ejemplificación, organización, formación, ubicación, corrección, etc.; así como la capacidad de crear dinámicas de aprendizaje, generar el conflicto cognitivo y retroalimentar la información trasmitida para consolidarla.  Para ello, el ejercicio evaluativo por excelencia, lo constituye la realización de una clase modelo, en la cual, de manera práctica y en condiciones reales, el maestro pueda demostrar el dominio de los aspectos anteriores relacionados con su función, orientados a resolver un problema concreto con sus alumnos.

En ese sentido, por la lógica de la actividad que desarrolla el maestro, es la manera más “auténtica” de demostrar su “autenticidad”, o sea, que es un verdadero maestro, porque domina las acciones inherentes a su función social.

CONCLUSIONES.

  • De manera general se ha podido constatar que, mayoritariamente, para certificar la “autenticidad” de los maestros de artes marciales, se tienen en cuenta aspectos fundamentalmente administrativos y técnicos, que, si bien es cierto son importantes para el orden y control de la actividad que realizan; ciertamente no precisamente aseguran de manera directa la calidad de su desempeño profesional.
  • Por el contrario, el indicador por excelencia para certificar la autenticidad del maestro, que se corresponde con su posibilidad de demostrar que se encuentra integralmente apto para desempeñar su función profesional; es casi unánimemente obviado a la hora de evaluar al maestro. Esta situación se presenta como una realidad muy perjudicial ya que, el hecho que los maestros de artes marciales no se evalúen de acuerdo a las funciones relacionadas con su desempeño (competencias científico-metodológicas incluidas en los procesos de educación, enseñanza y entrenamiento de sus alumnos); no los induce a prepararse en esa dirección, lo cual estás demostrado que constituye su debilidad (siendo el factor determinante para su accionar)
  • Por los motivos anteriores, la “autenticidad” de los maestros de artes marciales no se está certificando de manera “auténtica”, lo cual, en muchos casos, induce a que un maestro “auténtico” sea quien se encuentra reconocido y que domine las técnicas fundamentalmente; pero del cual no se conoce el nivel de desarrollo de las competencias profesionales necesarias para el adecuado desempeño de sus funciones.

RECOMENDACIONES.

  • Urge revisar los criterios para certificar autenticidad de los maestros de artes marciales, tomando como referencia las competencias de su perfil profesional y los indicadores relacionados con un desempeño adecuado en el cumplimiento de sus funciones.
  • Partiendo de lo anterior, se hace imprescindible la creación de espacios académicos ajenos a las universidades (a las cuales no todos tienen acceso), para fomentar la enseñanza, evaluación y certificación de las competencias científico-metodológicas que determinan el adecuado desempeño profesional de los maestros de artes marciales.
  • Derivado de los aspectos anteriores, para certificar “auténticamente” la “autenticidad” de un maestro de artes marciales, si bien es cierto que son útiles los documentos que demuestran que el maestro (y su dojo): “está afiliado (y reconocido – avalado) por tal institución”, y que el maestro: “ostenta tal grado” ; el documento que, por excelencia cumplirá el fin esperado de certificar su autenticidad, será uno que demuestre que el maestro:  “ha cumplido exitosamente los requisitos teóricos, metodológicos y prácticos correspondientes al plan de estudios de la especialidad, y consecuentemente desarrollado las competencias del respectivo perfil profesional, para asegurar un adecuado desempeño en el cumplimiento de sus funciones”  … Porque, a fin de cuentas, si la principal función del maestro es la de enseñar, ¿no debería ser su principal indicador de “autenticidad” el poder certificar que sabe enseñar?

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Roberto Gonzalez Harambouren

Author: Roberto Gonzalez Harambouren

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