La controversia
Feb19

La controversia

Era un lama joven y con gran sentido del humor, que sabía bien que la vida espiritual no tiene por qué ser, en absoluto, triste y solemne. Era muy accesible, cordial y sin artificios. Consideraba a todos los monjes y novicios como sus hermanos pequeños y estaba siempre haciendo bromas con ellos. Les enseñaba la doctrina, en el patio del monasterio, haciendo juegos, riendo, bailando con los monjes y novicios, realizando bromas y contando chistes. Pero un día un grupo de fieles pasó por allí y vio cómo se divertían los monjes y novicios y cuánto griterío y risas producían. Acudieron al abad del monasterio y le dieron una queja. Consideraban que aquel no era modo de enseñar la doctrina; que el lama era irreverente e irrespetuoso. El abad del monasterio llamó al lama y le puso al corriente de las opiniones y las quejas de los fieles. El lama dijo: – Cambiaré de método, pero será lo mismo. Era un hombre muy inteligente. Sorprendido, el abad preguntó: – ¿Cómo que será lo mismo? – Venerable abad, ya lo veréis: será lo mismo. El abad no comprendió al lama y le dejó ir. El lama cambió el sistema de enseñanza: todos tenían que guardar un estricto silencio, permanecer estoicamente en postura meditacional durante toda la clase, jamás sonreír y no hacer el menor comentario. Los fieles pasaron por allí y se asomaron a ver la clase. Aquello les parecía increíble: ¡cuánta rigidez, cuánta severidad, cuánta pesadumbre! Se preguntaron si era necesaria tan estricta disciplina para mostrar la doctrina. Fueron al abad del monasterio y se quejaron del lama. El abad llamó al lama y le dijo: – Tenías razón, querido mío. – Como tú decías: “será lo mismo”. – Y ahora yo te digo, enseña como quieras. – No te dejes más influenciar por controversias. El lama, obviamente, volvió a su anterior modo de mostrar la doctrina. Maestro: haga lo que haga, la mangosta quiere acabar con la serpiente. Fuente: Cuentos espirituales del Tíbet – Ramiro A. Calle Foto:...

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El vendedor de globos
Feb04

El vendedor de globos

Se organizó una gran fiesta en el pueblo. La gente había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en la plaza principal, donde estaban los juegos y los puestos de venta de todo tipo. Los niños eran quienes gozaban más con aquella fiesta. Había venido de lejos un circo con payasos y equilibristas. También se habían acercado hasta el pueblo toda clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y juguetes. Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Tenía globos de todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por su tamaño. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido o extraño. Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían uno para comprar. Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un momento en que toda la gente estaba ocupada en curiosear y detenerse, hizo algo extraño. Tomó uno de sus mejores globos y lo soltó. Como estaba lleno de gas, el globo comenzó a elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza. El cielo estaba claro, y el sol radiante de la mañana iluminaba aquel globo que trepaba y trepaba, rumbo hacia el cielo, empujado lentamente por el viento quieto de aquella hora. El primer niño gritó: – ¡Mira mamá un globo! Inmediatamente fueron varios más quienes lo vieron y lo señalaron a las personas más cercanas. Para entonces, el vendedor ya había soltado un nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo, y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico espectáculo de ver como un globo perseguía al otro en su subida al cielo. Para completar la cosa, el vendedor soltó dos globos con los mejores colores que tenía, pero atados juntos. Con esto consiguió que una tropa de niños pequeños lo rodeara, y pidiera a gritos que su papá o su mamá le comprara un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo. Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos, consiguió que la gente le valorara todos los que aún le quedaban, y que eran muchos. Porque realmente tenía globos de todas formas, tamaños y colores. En poco tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había alguno que imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara en libertad por el aire. Había allí cerca un niño negro, que con...

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El rey de oro
Ene25

El rey de oro

Un día un pobre hombre que vivía en la miseria y mendigaba de puerta en puerta, vio un carro de oro que entraba en el pueblo llevando un rey sonriente y radiante. El pobre se dijo de inmediato:– Se ha acabado mi sufrimiento, se ha acabado mi vida de pobre. Este rey de rostro dorado ha venido aquí por mí. Me cubrirá de migajas de su riqueza y viviré tranquilo. En efecto, el rey, como si hubiese venido a ver al pobre hombre, hizo detener el carro a su lado. El mendigo, que se había postrado en el suelo, se levantó y miró al rey, convencido de que había llegado la hora de su suerte. Entonces el rey extendió su mano hacia el pobre hombre y dijo:– ¿Qué tienes para darme? El pobre, muy desilusionado y sorprendido, no supo que decir.– ¿Es un juego lo que el rey me propone? ¿Se burla de mí? – se dijo. Entonces, al ver la persistente sonrisa del rey, su luminosa mirada y su mano tendida, el pobre metió su mano en la alforja, que contenía unos puñados de arroz. Cogió un grano de arroz, uno solo y se lo dio al rey, que le dio las gracias y se fue enseguida, llevado por unos caballos sorprendentemente rápidos. Al final del día, al vaciar su alforja, el pobre encontró un grano de oro. Se puso a llorar diciendo:– ¡Qué estúpido que fui, por qué no le habré dado todo mi arroz! Maestro: lo que das te lo das, lo que no das te lo quitas Autor: Rabindranath Tagore Foto:...

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Proverbios de la sabiduría japonesa
Ene19

Proverbios de la sabiduría japonesa

A continuación os muestro algunos proverbios japoneses los cuales brindan un mejor entendimiento sobre el pensamiento de la increíble y a veces misteriosa sociedad japonesa. Proverbios y frases de la sabiduría japonesa «No digas: es imposible. Di: no lo he hecho todavía». «Se aprende poco con la victoria, en cambio mucho con la derrota». «Si puedes resolver el problema, no vale la pena preocuparse por eso; si no se puede solucionar, no tiene caso». «Si ya lo pensaste, atrévete; si ya te atreviste, no lo pienses». «No detengas a quien se quiere ir, no corras a quien acaba de llegar». «Sin personas ordinarias no existen personas grandes». «Rápido, es despacio pero sin pausas». «Es mejor ser enemigo de una buena persona, que amigo de una mala». «Quien desea mucho llegar a la cima, se inventará una escalera». «El Sol no sabe quién tiene razón y quién está equivocado. El Sol brilla sin el objetivo de darle calor a alguien. El que se encuentra a sí mismo es como el Sol». «El mar es grande porque no desprecia los riachuelos». «Incluso si únicamente necesitaras la espada una sola vez en tu vida, siempre debes cargarla». «Las flores bonitas no dan buenos frutos». «La pena, como un vestido desgastado, se tiene que dejar en la casa». «Cuando hay amor, las marcas de viruela son igual de bellas que los hoyuelos en las mejillas». «Una palabra buena puede darte calor durante los tres meses de invierno». «Cede el paso a los tontos y los locos». «Cerciórate 7 veces antes de dudar de una persona». «Haz todo lo que puedas, en lo demás confía en el destino». «La honestidad exagerada limita con la estupidez». Foto:...

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Una taza de té, cuento Zen sobre la mente que lo sabe todo
Ene17

Una taza de té, cuento Zen sobre la mente que lo sabe todo

Nan-in, un maestro Japonés de la era Meiji (1868-1912), recibió la visita de un profesor de universidad que querría informarse sobre el Zen. Nan-in le sirvió té. Lleno la taza de su visita hasta el borde, y siguió vertiendo mas té. El profesor observó como el té llenaba la taza y se derramaba sobre la mesa hasta que no puedo aguantarse mas:– ¡Esta rebosando! ¡No cabe nada más! – Al igual que esta taza, – dijo Nan-in – usted esta lleno de sus propias opiniones e ideas. ¿Como le voy a enseñar Zen si no vacía primero su taza? Foto: Imagen...

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