Nuestras emociones no son producidas por lo que pasa

La creencia común es que nuestras emociones son causadas por algún acontecimiento externo —o interno—. No te han contestado al saludo y te molestas; un conductor te insulta en el tráfico, te enfadas y le devuelves otro insulto peor; sufres una injusticia o una acusación falsa, y tu enfado y frustración es aún mayor; pierdes una relación o a un ser querido, y estás triste, y posiblemente enfadado o enfadada con la Vida; viajas en un avión y está realizando un aterrizaje de emergencia y tienes miedo. Cualquier persona ve cómo lógica esas reacciones emocionales y, sin embargo, sin embargo… aunque sean reacciones muy corrientes, tan corrientes, que casi todo el mundo las compartiría, eso no significa que sea esa situación la que esté provocando la reacción emocional. Como dice Eckhart Tolle “La principal causa de la infelicidad nunca es la situación, sino tus pensamientos sobre ella”. Vamos a poner un ejemplo: imaginemos un choque de varios coches en una carretera de circunvalación, de esas siempre tan concurridas de tráfico. Vamos a imaginar un choque múltiple, pero nada serio para nuestro ejemplo, sólo chapa. Y para este ejemplo, vamos a imaginar a nuestras protagonistas todas mujeres (así no relacionamos una reacción con hombres y otras con mujeres): tras el choque, una de ellas sale del coche dando un tremendo portazo, mira los daños, le pega una patada a las ruedas, se pone a gritar y a insultar a la conductora del vehículo de atrás: “¡Es que eres g…! ¡No has visto que he puesto el intermitente! ¡Se puede ser imbécil, Dios mío! Pero esto es la rehos…! ¡Me las vas a pagar! ¡Te juro que me las vas a pagar!”. Unos vehículos más atrás otra mujer sale temblorosa del coche, mira su coche, los otros coches, las manos le tiemblan con violencia, y está a punto de caerse pues las piernas no le sostienen: “¡Ay, Dios mío! ¡Lo que podría haber ocurrido! ¡Ay! ¡Nos podríamos haber matado! ¡Ay, mis niños, que he estado a punto de dejarlos huérfanos! ¡Ay! ¡Angelitos míos! ¡Pobres, qué iban a hacer sin madre, qué iba a ser de ellos!”. En otro vehículo, unos coches más atrás, una tercera mujer no llega a salir de su coche, se echa sobre el volante llorando sin parar, desconsoladamente: “¡Si es que todo me tiene que pasar a mí! ¡Esto es lo que me faltaba hoy, es lo último! ¡No puedo más, no puedo más, no puedo más! ¡Siempre a mí, siempre a mí, todo me tiene que pasar a mí! Ahora esto. ¡No me lo puedo creer! Pero ¿por qué Dios mío?, ¿qué he hecho yo?” y sigue llorando sin parar, tapándose la cara, desconsoladamente, sobre el volante. Y una cuarta conductora, sale del coche con el chaleco reflectante puesto, coge los triángulos, anima a las demás a ponerse los chalecos y poner los triángulos, señala la zona, coge el móvil, llama a la Guardia Civil de Tráfico, para que organice el caos circulatorio que se ha liado, tranquilamente dice: “¡Esto no es nada, chicas, cosas que pasan, venga sacar los papeles, hemos tenido mucha suerte! ¡Venga, esto es chapa nada más! No os preocupéis, no es nada grave, son cosas que pasan, ya está.”El accidente es el mismo, el evento externo es el mismo. Las reacciones son completamente diferentes, porque es la interpretación que la mente hace, y que la persona se cree, la que genera un ‘mundo’ completamente diferente para cada una de nuestras protagonistas. La que se enfada tiene una creencia de que es ‘esto es injusto, esto no debería haber ocurrido, esto no me debería haber ocurrido a mí y alguien fuera de mí es culpable de esta injusticia, de esta barbaridad, por lo tanto tengo que hacer algo para eliminar ese obstáculo rápidamente’. La que se aterroriza tiene otro escenario en su mente, un escenario que no es real: ve una película de ella muerta en el tanatorio, sus hijos tristes y desolados sin madre; y como cuando vemos una película en el cine, nos produce emociones; no importa que sea real o que esté sólo en la sala de cine de nuestra cabeza; nuestro cuerpo reacciona a la película como si fuera verdad. La que está triste, deprimida y se siente víctima, responde a otra película, a otra interpretación de su cabeza: ‘la vida tiene un complot contra mí, todo lo malo que pueda ocurrir me va a ocurrir a mí, soy víctima y soy diana de todo tipo de males, de alguna forma estoy siendo castigada por la vida, aunque no sé porqué, soy sufridora, he sufrido toda mi vida’. La cuarta protagonista simplemente ve lo que ha ocurrido, en su mente no hay ninguna película ni interpretación, ve un golpe de chapa, no un tanatorio, tampoco ve un complot del Universo en contra de ella, y tampoco ve que lo ocurrido sea una injusticia. Como no tiene ninguna de esas interpretaciones no sufre. Como no sufre está tranquila y serena. Y una mente serena es una mente mucho más eficaz, por lo tanto, se acuerda de ponerse el chaleco, sacar los triángulos, llamar a la Guardia Civil de Tráfico, llamar al Seguro… Sin embargo, me diréis, en otras situaciones más extremas, la emoción sí es causada por la situación externa. Por ejemplo, imaginemos que en el accidente alguien muera, entonces esa pérdida va a ocasionar emociones de duelo muy violentas. Pero, otra vez, nos damos cuenta de que la peor parte del duelo se debe a interpretaciones que la mente hace. Por ejemplo, al perder a alguien querido es frecuente sentir una emoción de rabia, que puede venir por rachas, y ser más o menos violenta, más o menos duradera; pero, de nuevo, detrás de esa rabia hay un pensamiento, una interpretación de lo ocurrido, del tipo “esto no debería haber pasado, es injusto”, “ es injusto morir joven”, “es injusto que los padres entierren a sus hijos”, o creencias similares. Y cuando la mente interpreta que algo es injusto y no debería haber ocurrido, nos enfadamos. En las pérdidas también puede haber una emoción de culpa que hace que el duelo sea mucho más doloroso, “si hubiera conducido yo…”, “si hubiéramos comprado un coche con más medidas de seguridad…”, “si la hubiera despedido esta mañana con cariño y no todavía castigándola por el enfado de ayer…”. La persona imagina una película en su cabeza de algo diferente que podría haber ocurrido. Como en la rabia, se está peleando con la realidad. Pero ahora, piensa que tiene algún tipo de control sobre la realidad, que de haberlo ejercido, habría producido un final diferente, generando una culpa innecesaria. ¿Vamos a sentirnos tristes cuando perdemos a un ser querido? Por supuesto que sí, pero sin esas interpretaciones falsas e innecesarias de nuestra mente, detrás de la tristeza notaremos una calma, una serenidad, que será un gran apoyo para nosotros y para los demás. Sin interpretaciones que nos hagan sufrir innecesariamente, el duelo será más corto, menos complicado, menos intenso, será más fácil. Estoy en un avión que está haciendo un aterrizaje de emergencia, ¿pueden mis emociones permanecer serenas, sin miedo? Sí, si mi conciencia está en el Ahora. El miedo es la película del futuro, aunque sea del futuro del próximo segundo. Si mi conciencia permanece en el Ahora, puedo permanecer sereno o serena, incluso en las circunstancias más difíciles. No estoy hablando de utopías, son cosas que mucha gente ha experimentado en situaciones extremas y difíciles. Yo misma en más de una situación interesante en mi vida. Y es increíble lo serenos que podemos permanecer cuando nuestra mente no proyecta películas y nuestra conciencia está en el Ahora, sin fantasías, observando lo que se despliega en el Ahora, sin juicios ni críticas, sin proyecciones mentales. El libro del psicólogo británico, Steve Taylor, ‘Out of the Darkness: From Turmoil to Transformation’ (Salir de la Oscuridad: del tormento a la transformación), está lleno de ejemplos de personas que tras vivir un intenso sufrimiento —muerte de un ser querido, cercanía de su propia muerte, accidentes o enfermedades graves— alcanzan un estado de serenidad y plenitud, de bienestar y paz, independiente de lo que les está pasando; en estado en el que su mente ya no hace más interpretaciones, se ha quedado en silencio. Y como no hay interpretaciones mentales, no hay sufrimiento. Pueden estar enfermos, o en rehabilitación, o en la ruina, pero se sienten felices, en plenitud, en paz. Como práctica, cuando sientas una emoción, observa qué pensamientos, qué historia hay en tu mente, qué película se está proyectando. Deja a un lado la película. Dale a ‘Pausa’. Observa el Ahora, tu cuerpo, tu respiración, luces, sombras, sonidos. Sin interpretación alguna. Sólo cualidades, contrastes, volumen, sensaciones físicas, características de los sonidos, altos, bajos, graves, agudos… Quizá tienes que ir a la oficina de empleo o a una entrevista de trabajo, o al centro de salud, al hacerlo, tu mente se centra en tu situación de vida y la “rumia” sin cesar generando una enorme cantidad de inseguridad y de angustia. Al hacerlo pasas por alto ese pájaro que canta en la rama cercana, o esa luz que se refleja en las nubes, o ese cielo que se abre infinito sobre tu cabeza. Seguramente pases por alto tu respiración, y pases por alto que cada respiración es un regalo, un precioso e inmenso regalo. Como recomienda Eckhart Tolle cada vez que pilles a tu mente pensando en tu situación de vida, céntrate, otra vez en el Ahora. Cada vez que descubras que, otra vez, le habías dado al ‘Play’ del cine mental, vuelve a dar a ‘Pausa’ y céntrate en tu respiración, en tu cuerpo, en lo que se despliega en el Ahora. Como si observaras las nubes y los pájaros volar en el espacio azul del cielo, ahora observas qué se despliega en el Espacio del Ahora. Si tu conciencia se centra plenamente en el Ahora sentirás la intensidad de la Vida, una plenitud, una calma y un gozo, que incluso puede que te haga reír. Si es así, ríe. 

Fuente: http://espacioconcienciaplena.blogspot.com/

Yolanda Calvo Gomez

Author: Yolanda Calvo Gomez

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