Metáfora del árbol con frutas
– Las adversidades pueden ser causa de crecimiento y de iluminación – dijo el maestro. Y lo explicó del siguiente modo: – Había un pájaro que se refugiaba a diario en las ramas secas de un árbol que se alzaba en medio de una inmensa llanura desértica. Un día, una ráfaga de viento arrancó la raíz del árbol, obligando al pobre pájaro a volar cien millas en busca de un nuevo refugio… hasta que, llegó a un bosque lleno de árboles cargados de ricas frutas. Y concluyó el Maestro: – Si el árbol seco se hubiera mantenido en pie, nada hubiera inducido al pájaro a renunciar a su seguridad y echarse a volar. Fuente:Contarcuentos.com Foto...
Después de un tiempo
Después de un tiempo aprendes la diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma. Y aprendes que amar no significa apoyarse y que la compañía no significa seguridad. Y comienzas a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas. Y comienzas a aceptar tus derrotas con la cabeza en alto y los ojos abiertos, con la gracia de un adulto y no con la aflicción de un niño. Y aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, el suelo del mañana es demasiado incierto para hacer planes. Después de un tiempo aprendes que hasta la luz del sol quema si te expones demasiado. Entonces, cultiva tu propio jardín y embellece tu propio espíritu, en vez de esperar que alguien te traiga flores. Y aprendes que en verdad puedes persistir. Que en verdad eres fuerte. Y que en verdad eres digno. Foto portada:...
Diógenes
Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey. Y le dijo Aristipo: «Si aprendieras ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas». A lo que replicó Diógenes: «Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey». Foto...
Todo es Dios
El gurú y el discípulo estaban departiendo sobre cuestiones místicas. El maestro concluyó con la entrevista diciéndole: – Todo lo que existe es Dios. El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal, gritó avisando: – ¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar! Pero el discípulo, inmutable, se dijo: Yo soy Dios y el elefante es Dios, así que ¿cómo puede tener miedo Dios de sí mismo? Razonando de este modo evitó apartarse. El elefante llegó hasta él, lo agarró con la trompa y lo lanzó al tejado de una casa, rompiéndole varios huesos. Semanas después, repuesto de sus heridas, el discípulo acudió al mentor y se lamentó de lo sucedido. El gurú replicó: – De acuerdo, tú eres Dios y el elefante es Dios. – Pero Dios, en la forma del muchacho que conducía el elefante, te avisó para que dejaras el paso libre. – ¿Por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios? Maestro: Afila el discernimiento. No tomes la soga por una serpiente, ni la serpiente por una soga. Fuente: 101 cuentos clásicos de la India – Ramiro A....
Ver la realidad
¿Para que sirve un Maestro?, preguntó alguien. Y un discípulo respondió: – Para enseñarte lo que siempre has sabido. – Para mostrarte lo que siempre has estado mirando. Y como la respuesta dejó perplejo al visitante, añadió el discípulo: – Con sus pinturas, un artista me enseñó a ver la puesta del sol. – Con sus enseñanzas, el Maestro me ha enseñado a ver la realidad de cada momento. Fuente: ¿Quién puede hacer que amanezca? de Anthony de Mello Foto...
El oro
Cierto día, dos hombres que se encontraron en la ruta caminaban junto hacia Salamis, la Ciudad de las Columnas. Al mediodía llegaron hasta un ancho río sin puente para cruzarlo. Debían nadar o buscar alguna otra ruta que desconocían. Y se dijeron: “Nademos. Después de todo el río no es tan ancho”. Y se zambulleron y nadaron. Y uno de los hombres, el que siempre supo de ríos y rutas de ríos, de pronto, en el medio de la corriente, comenzó a perderse y a ser arrastrado por las impetuosas aguas; mientras, el otro, que nunca antes había nadado, cruzó el río en línea recta y se detuvo sobre un banco. Entonces, viendo a su compañero luchando aún con la corriente, se arrojó otra vez al agua y lo trajo a salvo hasta la orilla. Y el hombre que había sido arrastrado por la corriente dijo: – ¿No habías dicho que no podías nadar? – ¿Cómo es que cruzaste el río con tanta seguridad? – Amigo -explicó el segundo hombre-, ¿ves este cinturón que me ciñe? Está lleno de monedas de oro que gané para mi esposa y mis hijos, todo un año de trabajo. Es el peso de este cinturón el que me condujo a través del río, hacia mi esposa y mis hijos. Y mi esposa y mis hijos estaban sobre mis hombros mientras yo nadaba. Y los dos hombres continuaron su camino juntos hacia Salamis. Cuento de Gibrán Jalil Gibrán. Foto portada: M. Martín...

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